Sunday, October 21, 2007

Mediocres al poder

Hace diez o quince años atras recuerdo que habia gente que decia que en Chile se notaba que había más dinero pero menos cultura. Como esa tendencia no se revirtió nunca, los rotos con plata que resultamos de ese proceso hoy tenemos que soportar casi resignadamente el gobierno que tenemos.

Qué pasaría si fuéramos ricos pero con cultura? tal vez nos daríamos cuenta de lo que está pasando, y más gente (más electores) podrían pedir lo que nos haría mejores y nos permitiría definitivamente ser más chilenos, más encontrados con nosotros mismos, en resumen más felices.

Pero no es así. Lavín sale diciendo que está justo en la mitad del oficialismo y la oposición. Y a falta de noticias más sensacionales, se levanta la polvareda de un debate artificial sobre qué diablos quiso decir con eso. El líder político más pobre de intelecto que ha tenido Chile en los últimos tiempo domina el debate público. En el reino de los ciegos el tuerto es rey. Pero qué pasa cuando ese único tuerto es miope de su ojo bueno?

Leo con horror otros ejemplos funestos de la mediocridad más total de nuestra clase dirigente y de nuestra extendida fronda aristocrática. El recorte del presupuesto a la ciencia es sólo un botón. Para el presupuesto más holgado de la historia de la República, se disminuye en un 11% la asignación a Fondecyt, y se reducen casi a la mitad las becas de doctorado. Sí se aumentan los recursos para el mal entendido ítem de "innovación", que en las cabezas de los ingenieros que administran los fondos públicos, se reduce a "innovación empresarial". O sea, el conocimiento que no sirve para exportar fruta a Estados Unidos, no nos interesa. Cómo es osada y dañina la ignorancia.

Los que se llenan la boca con concepto de país desarrollado y con frases hechas como el salto al siglo xxi, ignoran cómo hacerlo. En el Chile de hoy la distancia entre el discurso y la realidad provoca angustia entre los que miramos este teatro del absurdo desde el anonimato.

Por eso creo que en Chile abunda la mediocridad más atroz. La Antártica ha llegado a las primeras planas de los diarios en estos días y nos ha dado el ejemplo más concreto de este divorcio entre acciones y palabras. El Reino Unido amenaza con tomar iniciativas para declararse soberano sobre el subsuelo marino antártico, sobre la base de sus reclamaciones territoriales, que coinciden en buena parte con las chilenas y con las argentinas. Los políticos enfermos de frases hechas y de ideas preconcebidas, elevan sus augustas voces para decir desde Valparaiso que rechazan "de la manera más categórica" esta aspiración de los británicos, y que viajarán al continente austral "para hacer soberanía".

A mi me parece muy bien, a pesar de que es algo inútil considerando que el Tratado Antártico del año 1959 congeló las aspiraciones territoriales sobre el continente, y estableció que ninguna acción a partir de ese momento se consideraría como precedente jurídico para fortalecer una reclamación de un país sobre otro.

Por eso antes de hacer las maletas a la rápida en enfurecido sentido patriótico, yo les diría que pasen por el instituto antártico en Punta Arenas (donde no sé si han estado alguna vez) y conversen con su Director, tal vez puedan sacar un par de ideas para el futuro de la Antártica chilena. Tal vez algo que revierta la tendencia que hemos visto en los últimos años en que la actividad científica que impulsa nuestro país se hace a pesar del exiguo financiamiento estatal y no gracias a él. No son los mismos parlamentarios los que deciden cuánto dinero se invierte en esto? Chile es, por muy muy lejos, el pariente pobre de los estados reclamantes de la Antártica. Pero a nadie parece importarle mucho. Al menos hasta que en la prensa se presenta una oportunidad para ser altisonante y para ganar titulares respondiendo con actos patrioteros.

La mediocridad de nuestros políticos es lo que merecemos por ser un país inculto, que se olvidó de invertir en su propia gente. Somos prisioneros de una clase política (hombres, mujeres, izquierda, derecha) que sigue pensando que hacer cultura consiste en saltimbanquis y gente en zancos, payasos y mimos de ocasión. Como dijo Huidobro en su tiempo: Si no me diera risa, me haría llorar.

Monday, October 01, 2007

Notas para cantautores

Es un asunto extraño, este de escribir canciones. Yo siempre he tenido la frustración de ser incapaz de construir una letra decente de una canción, a pesar de que no tengo mayores problemas para crear una melodía. Me quedo ahí, tarareando algo que podría llegar a ser una canción, pero que finalmente se transforma en una grabación mía con la guitarra y con mi voz "nananeando" en el lugar donde debería ir la letra.
Hace algunos días probé a invertir el orden de las cosas, es decir, tomé cualquier frase que me pareciera "musical", sin importar lo que significara, y traté de construir una letra a partir de ella. Resultó! De alguna forma, la primera frase desencadena algo, no sé bien qué será, pero lo cierto es que ayer escribí una canción y la grabé entera, con estrofa y coro, en menos de tres horas, que para cualquier persona es un buen tiempo. Claro, la grabación no está perfecta, tiene problemas de ecualización y hay errores, pero ya está ahí, almacenada.
Lo interesante es que a pesar de que la elección de las palabras iniciales sea casi azarosa, debe haber algo de asociación libre en la continuación de la letra. O sea, no es tan fortuito como parece, y finalmente se transforman en imágenes que algo tienen que ver con uno, con lo que está pensando. Tal vez si sigo con esta técnia eventualmente el proceso sea más fácil, con letras con un significado más claro y directo. Pero por ahora, es simplemente algo muy, muy entretenido.

Monday, August 06, 2007

Farewell to Cholo

Los gatos saben lo que quieren. Son criaturas precisas, ágiles para alcanzar los lugares que desean recorrer, pero ahorrativos en sus esfuerzos. Tal vez saben que el próximo salto será aún más grande, que les demandará aún más energía. Y por eso no dudan ni un segundo para aprovechar el rayo de sol que los mecerá en el sueño, como un camino hacia otro mundo. Los gatos duermen mucho, mucho más que nosotros. Y son capaces de despertar y volver a dormir con la misma velocidad con que atrapan su presa, o escapan de una situación desagradable.
Los gatos aparecen de la nada, y desaparecen sin hacer ruido. Un segundo no están, y al siguiente adornan los puntos más altos de los muebles, vigilando su espacio, su territorio. Luego cuando ya ha llegado el momento (ni antes ni después), se retiran con elegancia y decisión. En silencio. El ruido llega luego, desde la cocina, de las patas en la caja de arena o en la comida seca que se pulveriza en sus dientes.
Tienen gestos únicos. Les fascina jugar a atrapar cualquier cosa que se mueva. Las cuerdas los vuelven locos. Sobre todo una cuerda que se mueva frente a ellos, arrastrada por el suelo, puede ser fuente de muchas horas de diversión. A menos que no quieran jugar, en cuyo caso no hay nada que hacer.
Mi gato Cholo le encantaba jugar con mi pie. Los cordones de los zapatos eran un agregado, como un juego dentro del juego. Todo terminaba en un momento de máximo jolgorio y alegría, cuando ya no podía más de felicidad y trataba de atrapar mi pie calzado, él ya de espaldas en el suelo, aferrándolo con todas sus fuerzas, las orejas giradas hacia atras, con sus uñas largas y afiladas y mordiendo, mientras con las patas traseras pegaban pequeñas patadas, como tratando de arañarme. Sé que todos los que han tenido gatos me pueden entender y saben de lo que hablo. Yo muevo el pie como jugando a que mi zapato es la presa que él ha atrapado. El juego termina cuando él decide, suelta todo y se levanta rápido, recuperando su elegancia y ocultando su satisfacción, como si recordara que la naturaleza lo creó bello, único, digno.
Se afilan las uñas con lo que encuentren. Mi departamento sufrió las consecuencias de no tener una alternativa para esta función de primera necesidad, y el papel mural fue hecho añicos. No fue su culpa.
Recogí al Cholo de la sociedad protectora de animales de Nueva Zelandia(SPCA). Tenía seis semanas. Ya entonces se veía un gato ágil y fuerte, dispuesto a jugar con cualquier objeto que estuviera a su alcance. Creció en porte y se transformó en un ejemplar robusto, de pelaje absolutamente negro. Hermoso de no ser por un poco de sobrepeso producto de ser un gato tan urbano, que no conoció mucho de la vida al aire libre, ni de trepar por árboles ni de pasar noches fuera de casa. Una vez lo saqué a la terraza y quedó petrificado. Probablemente no sabía qué hacer con tanto espacio. De vuelta dentro de la casa, comió un poco y se fue a mirar por la ventana, desde donde se entretenía siguiendo con la vista los pájaros que pasaban.
Cuando volví de Nueva Zelandia a Chile, lo dejé en un hotel para gatos, mientras yo me hice un viaje de mochilero por un mes. Lo fui a buscar al aeropuerto en Santiago. Venía en una caja especial, y pensé que podría haber sufrido por el viaje. Sin embargo, luego de los cientos de papeleos en la aduana, lo vi aparecer entre toda la carga aérea en una caja de madera, con una rejilla metálica a un lado y un embudo en el techo de la caja, a través del cual le daban agua. No sé si él me reconoció a mi, pero yo reconocí su maullido sano y feliz, y su negrura dentro de la caja fue la imagen que corroboró el reencuentro.
Tuve que separarme de el para venir a Roma, lo dejé en la casa de mis padres donde tendría más espacio para moverse y para bajar esos kilos de más.
Dicen que los gatos son fríos, incluso traicioneros. Que no demuestran sentimientos ni apego. Esta es una infamia probablemente difundida por las personas que sólo quieren a los perros con sus saltos y su amor incondicional. Los gatos son exactamente iguales. Sólo que el amor de ellos, como el de las personas, no es incondicional. Los gatos saben lo que quieren. Si no quieren jugar, no juegan, por mucho que uno insista. Si uno los obliga a salir de alguna parte o a dejar de hacer algo, se van reclamando. Son temperamentales y no lo ocultan.
A pesar de todo eso, no esconden sus sentimientos. El Cholo me esperaba todos los días cuando yo llegaba del trabajo, y se me metía entre los pies, impidiéndome caminar hasta que lo tomara y le hiciera cariño. Dormía todos los días conmigo. Se acostaba sobre mi, de tal forma que su cara y la mía quedaban frente a frente. Se sentía seguro escuchando el latido de mi corazón, y yo me sentía cómodo con su ronroneo misterioso. Me seguía a todas partes, a la cocina, al living, si me sentaba a ver televisión. Guardando una distancia y siempre en silencio. Hasta que casi fortuitamente decidía saltar a mis piernas y pedirme que le hiciera cariño, debajo del mentón, como le gustaba a él, o sobre la cabeza. Pero estas eran excepciones, casi siempre se tendía a algunos pasos de distancia. A veces yo lo miraba y como si él se sintiera observado, me miraba de vuelta, con un aire de indiferencia y superioridad. Luego de ver que no había nada nuevo de mi parte, alejaba de nuevo la mirada y se perdía en su mundo de cavilaciones felinas. Y para mi se transformaba en esa figura negra en el rabillo de mi ojo. Hasta el día de hoy me engaño de ver un algo negro de reojo (un bolso, una caja), y pienso por un segundo que es él.
De alguna forma el Cholo era un incondicional. Me dio su compañía gatuna incondicionalmente todas las veces que yo quise. Fue incondicionalmente sincero en sus gustos, lo que quería y no quería. No me engañó jamás. Me dio toda la libertad que yo quise. No me llenó de maullidos caprichosos, ni me pidió nada más que comida, agua y un baño limpio. Creo que él y yo nos parecemos en eso, en disfrutar de las cosas buenas de la vida, viviendo con lo mínimo. O tal vez es algo que yo aprendí de él.
Ayer supe que, en un día como cualquier otro, el Cholo tuvo un ataque al corazón y murió de manera fulminante. Me han dicho que la población de gatos en Nueva Zelandia está altamente controlada, por lo que se produce inbreeding, lo que lleva a problemas congénitos, que pienso que explica su temprana muerte a los 6 años de edad.
Sé que su sentido de independencia no le reportó tristeza ni siquiera en los últimos momentos. Yo lo tuve conmigo y el me tuvo consigo, que es probablemente mucho más de lo que muchos gatos y humanos pueden decir. Se fue solo, con su carácter y sus mañas, con sus ojos verdes que se asomaban de en medio de su piel negra, como jugando, siguieno la última cuerda, tratando de atrapar el último rayo de sol y ronroneando para siempre en mi memoria, dormido eternamente en el rabillo de mis ojos.

Tuesday, June 26, 2007

Visita al Sur de Italia. Tercera Parte (y final).

Salir de Sorrento fue una experiencia extraña. La península amalfitana parece un apéndice sacado de otro país, bello en su verdor vegetal, limpio en su azul oceánico. Parece que alguien lo hubiera arrancado de su origen paradisíaco y se lo hubiera clavado como una rama de romero en la costa de la Campania.


Lo que se ve de inmediato luego de salir de la península es algo que el turismo italiano ha logrado ocultar bastante bien. Después de la belleza que dejábamos atrás, de pronto todo estaba invadido por la monotonía de casas sociales y bloques de departamento construidos a la ligera, sin consideración estética alguna, el sol que invade todo y que no deja nada a la imaginación, y el Vesubio que reina en su majestuosidad egoísta.


La entrada a Nápoles me recordó el barrio de la Estación Central en Santiago. Un empedrado irregular cruzado por líneas de tranvía que no sé si aún corren, ni a dónde van, grandes letreros de publicidad que no se han renovado en años, y donde los habitantes locales se han expresado con graffitis o simplemente arrancándole a girones el papel. Gente que cruza la calle sin apuro ni destino aparente, mientras unos pocos barcos semi-abandonados se mecen somnolientos en las olas, esperando una carga que no llega nunca.


El hotel donde nos alojamos está en el centro mismo de la ciudad. Salimos a caminar. Era un domingo y como en muchas otras ciudades, las calles se veían vacías. Buscábamos un lugar donde almorzar. Sin embargo Nápoles no es un lugar apetitoso, especialmente por la presencia constante de la basura, que está en todas partes. Donde uno vaya, montones de basura acumulados, que en algunos casos son cerros en donde bolsas plásticas, cartones, botellas y desechos vegetales se mezclan en un solo color, en un solo olor: el de la inmundicia.


Contrariando mis principios y mis gustos, almorzamos en un McDonalds, que muy a mi pesar parecía el único lugar con un mínimo estándar de sanidad. A juzgar por la gente que se veía en la calle, muchos también recurrían a la comida rápida con bastante frecuencia, porque la obesidad es algo muy patente en Nápoles. Niños y adultos, la evidente sobreingesta de calorías y grasas es de un nivel asombroso. A estas alturas, Roma me parecía un paraíso lejano y borroso.


Finalmente luego de mucho caminar dimos con lo que se podría llamar el centro cívico de la ciudad. En la plaza central, llamada piazza del Plebiscito, están los principales edificios de administración de la ciudad. No deja de llamar la atención lo monumental de la plaza, la majestuosidad de los edificios que la rodean.
El mar está a la vuelta de la esquina. Hay un bellísimo paseo peatonal que permite ver el mar milenario, tan lleno de historia y donde por miles de años la ciudad ha presenciado las infinitas formas de esta existencia terrena.
Nápoles sorprende: a pesar de las primeras impresiones de la basura y la falta de higiene, es imposible ocultar que la ciudad fue un lugar de gran apogeo cultural y arquitectónico. Sin planearlo llegamos al Castello Dell'Ovo, construcción centenaria que parece una cárcel, hecha de un ladrillo tosco, pero de gran belleza. El lugar está dominado por el turismo, lleno de restaurantes.
Al día siguiente, un lunes, tuve la oportunidad de ver a la ciudad en plena actividad. En efecto, comprobé lo que me temía, es decir, el caos y el ruido de una ciudad agresiva dominan todo. El par de actividades que tenía esa mañana estaban a una distancia caminable desde el hotel, así que me fui por mi propia cuenta y riesgo, premunido de un mapa facilitado por el hotel. Un par de veces me vi obligado a pedir instrucciones en la calle, y la gente me pareció bastante menos amable (por no decir más agresiva) que en Roma. Tal vez esa es la consecuencia de tantos años de mafia y de desprotección frente a los grupos organizados, ese temor atávico que se disfraza de agresión y de esa actitud "menefreguista" como dicen en Italia.
El mismo día lunes salí de Nápoles, un poco defraudado por el espectáculo del desaseo y de la lenidad de sus habitantes. Manejando el auto hacia las afueras de la ciudad, en un caos de tránsito descomunal, donde las normas parecen entregadas a la oportunidad y la voluntad de los conductores, vi barrios sacados de ciudades tercermundistas, barriadas que no se dirían de un país G-8. Y la basura, por todas partes cerros y cerros de basura.
Semanas después un amigo me contó que había recorrido Nápoles con una guía, que lo llevó a todos los lugares históricos que había que conocer. Volvió encantado, relatando una historia bastante distinta a la que yo tuve. Tal vez la ciudad tiene esa atracción, donde el dramatismo sobrecoge, donde la fealdad es tan rotunda que atrae, y donde la gente vive en los confines del caos social.

Friday, June 01, 2007

Visita al sur de Italia. Segunda Parte

Con algo de decepción, pude ver que el camino a Paestum desde Salerno va siguiendo la costa sin mayores atractivos para la vista. Se sale de Salerno en medio de edificios de los años 60 mal mantenidos y se pasa por una zona que recuerda algunos parajes del litoral central de Chile, con árboles que van desapareciendo del paisaje costero como bañistas solitarios que vuelven de la playa en un día triste. Otra de las cosas que se ve con bastante frecuencia son las prostitutas que se paran a la vera del camino a toda hora (yo pasé a las 10am), como un componente más del paisaje. A los locales parece no molestarles.

El día era luminoso, y a pesar de las indicaciones un poco confusas del tránsito en Italia, finalmente llegamos a Paestum. Uno tiene que hacer abstracción del hecho de que todos, absolutamente todos los grandes centros arqueológicos de Italia están ahora consagrados al turismo. Tienda tras tienda de souvenirs nos indicaron que ya estabamos llegando. No obstante este exceso de comercio, el lugar es sobrecogedor. Paestum se extiende sobre un terreno llano en el que crece vigorosamente un pasto corto y homogéneo, dando al lugar una sensación de pradera campestre, lejos de representar la bullante ciudad que algún día fue.

La ciudad sin embargo se aprecia bien inmediatamente cuando surgen frente a uno los templos y las columnas, extraordinariamente bien conservadas, como un rebaño dormido de enormes bestias de piedra. La majestuosidad está ahí, la imaginación no tiene que hacer ningún trabajo para darse cuenta que uno está paseando por el centro de una ciudad griega, donde el culto a los dioses ocupaba los grandes edificios, que junto a su funciòn sacra probablemente eran también el lugar predilecto de sus habitantes para celebrar y conversar, para discutir y hacer política, para lamentar las derrotas y también para sufrir los saqueos de los enemigos en momentos de desgracia y desventura.

El tiempo se nos hacía poco y no pudimos pasar al Museo que está totalmente dedicado a exponer las reliquias y hallazgos arqueológicos del lugar. Hecho este descargo, debo decir que la información que se ofrece en medio de las ruinas y templos es mínima, y uno debe apoyarse en cualquier folleto que pueda comprar en las inmediaciones para entender mejor lo que está viendo.

Dimos media vuelta en el auto y deshicimos el camino, pasando esta vez sin detenernos por Salerno. Nos habían hablado mucho de la costa amalfitana, como uno de los lugares más bellos de Italia, que no es poco decir. Y la comprobación del hecho llega rápido. Inmediatamente despúes de Salerno se llega a un lugar maravilloso que se llama Vetri Sul Mare, una pequeña plaza que como todas las construcciones de la zona parece que se ahogara en la inmensidad del mar. Uno no se puede esconder del océano en la costa amalfitana. Lo sigue a uno a todas partes, como un ojo azul que llora espuma y se queja con su oleaje tranquilo.

Lo que sigue es una serie de pueblos, cada uno más bello que el otro. Los caminos que suben por las laderas de las empinadas costas de la región parecen talladas por las olas mismas, entregándole a los hombres simplemente la tarea de construir las casas que se arremolinan en multitudes como peces en una red para ver un poco del azul del horizonte.

Se come estupendamente. Dicen que el turismo masivo hace bajar la calidad de la comida que se ofrece en los restaurantes. Esto es particularmente criticado por los italianos, para quienes los ingredientes frescos son la única forma de conseguir un plato decente de pastas, o de pescado, o carne. Debo decir que en uno de los pueblos menos turísticos de la zona, Maiori, pude comprobar esta realidad, porque lo que yo pude saborear era simplemente óptimo. Un placer de comida recién preparada, fugaz como la frescura de los ingredientes, lejos de la producción masiva y en serie, y que me recuerda con alivio la existencia de movimientos como el slow food, que buscan rescatar esta dedicación a la buena mesa y a la cocina tradicional.

Agazapado detrás de una curva del camino está Amalfi. Lo que vi fue un lugar de una belleza única, con una historia riquísima, donde se pueden pasar días de vacaciones inolvidables. Pero también es como una fortaleza invadida por extraños, que sacan fotos a todo lo que se mueva o parezca antiguo, y que compran todo lo que simbolice el lugar, en su distorsionada visión de las cosas y cargando todos los lugares comunes y simplificaciones que se ven en la televisión y en las películas de Hollywood. La belleza del lugar hace olvidar todo esto y ayuda a abandonarse en la admiración de la iglesia, en la cúspide de una monumental escalinata, donde descansan los restos del Apóstol Andrés. En una inscripción en piedra en la puerta principal de acceso al pueblo, dice que en el día del juicio final, para los amalfitanos que se vayan al cielo, va a ser un día como cualquier otro. Pretencioso, aunque lo entiendo.

Lo mismo se puede decir de Positano. Leo que el lugar fue un próspero puerto hasta el siglo XVIII, pero que con posterioridad cayó en un período de decadencia del cual no se pudo recuperar nunca. A principios del siglo XX los habitantes, en su mayoría pescadores, comenzaron a emigrar debido a la pobreza por la que estaban atravesando. Muchos se fueron a Estados Unidos. Sólo a mediados de los años 1950 Positano volvió a ser un centro de actividad, gracias al turismo, que ha ido sólo en aumento. Uno de sus primeros promotores fue el escritor norteamericano John Steinbeck, que describió sus bellezas, con lo que convenció a sus coterráneos de visitarlo.

El fin de este viaje por la costa amalfitana termina en Sorrento. Sólo el nombre recuerda canciones napolitanas y a un vivir relajado. Sorrento está en la vertiente norte de la pequeña península. Lo primero que llama la atención es que todo se ve mucho más real que en todos los otros pueblitos. Aquí se ve la presencia humana, la contaminación, la basura y las personas que viven y trabajan. El centro de Sorrento es una delicia. Con plazas y castillos al borde del mar es un lugar encantador. Sin embargo, despunta rápidamente el problema: es un lugar saturado, de autos, de personas, de ruidos. Cuando estabamos saliendo, ya en camino a Nápoles y con el Vesuvio a la vista, pude ver una de las filas de autos más grandes que he visto en mi vida. Sorrento es como un remolino de agua, que atrae a todo lo que se mueve, y que sigue tragando personas aunque ya no quepan más.

Ahogado de belleza y de las multitudes, salí de la península amalfitana. El cambio fue rápido y brutal. El Vesuvio (que siempre me ha fascinado) proyecta una sombra oscura que entristece todo a su alrededor. Los carteles de la carretera (ya sin verde, sin mar, sin bellezas) ya comenzaban a indicar que otro tipo de experiencia venía por delante: Nápoles, la antigua ciudad nueva.

(continuará...)

Wednesday, May 23, 2007

Visita al Sur de Italia. Primera Parte

Hacía semanas que estaba esperando la llegada de este día. Finalmente, respondiendo a una invitación de la Universidad de Salerno, partí para participar en el día internacional de la universidad, donde se podría conversar sobre intercambios estudiantiles y cooperación académica internacional.
Salerno es una ciudad sobre la costa del mar tirreno, al sur de Nápoles, construida sobre una pequeñísima faja de tierra plana y unas montañas que parece que empujaran contra las olas a casas, calles y edificios. Llegué a Salerno de noche, manejando en mi auto, siempre un poco inseguro, con el mapa en una man0 y leyendo todos los carteles que me encontraba. La carretera que viene desde Roma se acaba de repente y muta en la forma de avenidas estrechas y con ánimo de hacer ciudad, como un río que riega un bosque. Después de algunas llamadas por teléfono e indicaciones, me encontré en la ciudad con un profesor de la Universidad, quien me guió en su propio auto por un camino de callejones estrechos. Llegué al hotel, cansado del viaje pero contento de sertirme cerca del mar.

A la mañana siguiente partí a la universidad, y ya a la luz del día pude apreciar la belleza del emplazamiento: una larga bahía muy abierta, con una luminosidad que sólo da el mar. El ruido blanco que está en todas partes es como una presencia constante de olas, viento en los árboles y ruidos de la ciudad que no te abandona nunca, como tu sombra. Igual que los tacos (embotellamientos). El tráfico es atroz en Italia, dondequiera que se vaya.

La Universidad es muy impresionante, un gran campus en plena expansión, que construye edificios y bibliotecas, dejando grandes espacios aún inutilizados. Una pequeña ciudad que trata de ser una guía e inspiración para toda la zona. Me cuentan que los buses que entran en el campus tienen el requisito de ser de baja contaminación (llamados ecológicos). Como la población estudiantil de 45 mil alumnos son un grupo significativo de los pasajeros de los buses, esta regulación anticontaminante ha beneficiado a toda la región, estableciendo un estándar común en ella.

Salerno es una mezcla interesante de ciudad con aires medievales y centro pujante de actividad económica y cultural. Uno se puede meter entre sus callecitas donde (por suerte) no caben los autos (aunque uno no se libra de las motos), y ver la infinidad de tiendas, iglesias, palacios y cafés que se muestran en ese esplendor perezoso que es el estilo italiano.

La sesión en la Universidad fue interesante y llena de atenciones por parte de mis anfitriones. Una hospitalidad pocas veces vista y que me llenó de conversaciones amables e interesantes, y de los sabores generosos de la cocina local. Entre los asistentes internacionales al encuentro, conocí a un profesor de ingeniería turco, cuya principal afición era la guitarra clásica. A pesar de la coincidencia con mi propio hobby favorito, él exhudaba una amargura por no haber sido suficientemente valiente para abrazar el arte de la ejecución musical, dejando de lado su trabajo como académico y la seguridad que le ofrecía. Al parecer, en algunos artistas, el miedo al hambre y la pobreza es más poderoso que la inquietud musical.

Una vez terminados las labores y la visita a la magnífica universidad, quedé libre para conocer las maravillas de la zona. Como había traído mi auto, decidí cumplir un programa libre, y como era mi primera vez en la zona, partí hacia uno de los puntos más conocidos y famosos de la región: las ruinas de la ciudad de Paestum.

(continuará)

Monday, May 07, 2007

Music

I am writing music again. Somehow I put myself together and found a place and a time to reconstruct my own willingness to express myself musically. In a corner of my living room there is a keyboard, surrounded by guitars and a little mixer I bought a couple of years ago. Last night I was playing the guitar (using the Paul McCartney method to writing songs, which is, grab the guitar, start playing and see what comes out) and I recorded a two-sections line of something that sounds like a blues. It is not a 12-bar blues, but more like a melody with blues beat. I guess it might become a chorus of a song.
But that is the main thing right now. Since I have always liked the idea of making music but never spent so much time actually doing it, I feel I am a bit out of my element. Like when you learn a new language, you end up saying funny things and mumbling a lot of uncomprehensible sentences that lead nowhere. Until to get to know the melody of the language (music is really everywhere) and suddenly you are breezing through words and expressions. And stop making people laugh for all the wrong reasons.
The main two problems I am facing are: 1. I suck at writing lyrics. I just can't think of a nice line to put on a song. 2. Music comes to me in sections, so I end up producing these "moments" that sound nice, but that come from nowhere and go nowhere. So pretty big problems. But I am not getting alarmed by it, since it has been a while since simply try to enjoy this passtime instead of torturing myself by focusing on my weak sides. There is also what writers call "white page panic", sitting in front of an empty page with no idea of what to write about. And feeling that the well has finally dried up. I now think that is bullshit. I am so proud of myself.
On the technical side of things, I am in a growing need of more tracks to record more instruments. I have a very humble, analog mixer (works with cassette tapes, yes, they still exist) with four tracks. So I would normally start with my acoustic guitar as a base of the song - to - be (1st track), and then add bass guitar (2nd), drums (3rd), and then I have to choose between singing something (or humming, given my limited gifts as a lyricist) or playing an electric guitar solo. At this point and to the relief of many, I normally choose the guitar, which leads me to another dead - end, because I have no effects for the guitar, and it sounds like a 12 - year old kid trying to sound like Barry White.
So, my shopping list is topped by a multi-pedal effect for the guitar, followed by a 8-tracks mixer. I will start saving... In the meantime, I am happy to be writing again. It is a wonderful thing that disconnects me from the real world, and above all, no matter what the final music sounds like, it is such fun!!!

Wednesday, May 02, 2007

Chile Primero... y luego qué?

La Concertación se está lentamente desintegrando frente a los ojos de todos. Y pareciera que todos los políticos han decidido sentarse a esperar qué pasará en esta lenta agonía mientras sacan cálculos en los ábacos de la política ficción para ver qué beneficios o peligros podría traerles.
Yo que estoy fuera de toda esta dinámica, más allá de ser simpatizante concertacionista, y libre de este tipo de consideración, me parece que la Concertación hace rato que dejó de ser lo que era. Perdió su espíritu, se corrompió (literalmente y en sentido figurado) con malas artes, cayó en desgracia consigo misma y con todos quienes nos sentimos identificados y hasta emocionalmente atados a ella. Para nadie es un misterio que hoy el gobierno está constituido por una maraña de influencias, con cargos y beneficios para los amigos de los que tienen poder, y bañado en un olor a arrogancia y autosuficiencia insoportables. Se cumple esa ley universal que dice que los revolucionarios que llegan al poder se transforman rápidamente en una fuerza conservadora.
Pero Chile es un país fantástico. Un ejemplo en América Latina. Tan fabuloso que sus instituciones son estables, y somos capaces de desarrollarnos en silencio, calladitos, mientras en el resto del continente bullen los escándalos, los golpes de estado, se suceden los gorilas en el poder y los presidentes electos tienen que escapar en helicóptero en medio de las crisis económicas y de masas enardecidas de ciudadanos.
¿Qué tan fantásticos somos, realmente? En el medio de esta crisis paulatina y silenciosa (a la chilena) de la Concertación, me da la sensación de que con el mismo silencio y sigilo en que se hunde la coalición de gobierno, también se explica el verdadero rostro de tanta maravilla institucional, de tanta estabilidad republicana.
En estos días se está anunciando la formación de un nuevo "movimiento" político, llamado Chile Primero, liderado por un Senador y por un ex - diputado. Lei el documento central de su manifiesto, que me pareció sumamente interesante. Dicen las cosas por su nombre, aunque sin entrar en detalles. Apuntan a grandes objetivos pero sin caer en la delicadeza de decirnos cómo van a alcanzar estas metas soñadas por todos.
Respiro aliviado cuando leo en el documento una crítica ácida pero muy acertada al actual gobierno. Critican al gobierno con brutalidad, a pesar de su conocida afiliación concertacionista. Tienen ese mérito. El documento es como un regreso (casi deseado) a los grandes discursos, alejándonos del disco rayado de "los problemas reales de la gente", de las "acciones concretas", del "y en esto quiero ser muy claro y sincero". Como decían Los Tres en un disco de hace ya bastantes años, "no más acciones, queremos palabras".
Dan en el clavo, y entre líneas dicen lo que mucha gente piensa. El gobierno no tiene fuerza, no tiene don de mando, la Presidenta se queda encerrada en su torre de marfil como reticente a hablar mucho o a tener muchas iniciativas, por miedo a meter la pata. El gobierno no tiene ideas, es incapaz de encantar con un proyecto, con una visión de país. Y se hunde en sus propias contradicciones: declara ser un gobierno para la gente ("Estoy contigo", se acuerdan?) pero en realidad es un gobierno hermético y enredado en malas prácticas de corrupción y deshonestidad.
Cómo entender entonces que este nuevo "movimiento" sea realmente "nuevo"? Hay una renovación? Cómo es posible que el nuevo escenario político se refunde con personas que llevan 30, 40 años en lo mismo? Flores fue Ministro de Allende, para que apreciemos las proporciones de su compromiso con el establishment chileno. Y Schaulsson para qué decir, tiene más músculos en la muñeca que en cualquier otra parte de su cuerpo periforme.
En mi opinión estamos asistiendo nuevamente a una autoperpetuación de la clase política chilena. Dirigida esta vez por personas inteligentes, que son capaces de hacer un análisis brillante de la situación actual, pero cuya brillantez es tan luminosa como su ansia de poder y su compromiso con la fronda política chilena. Esto es lo que nos ha dado una gobernabilidad única en Chile, este maravilloso Leviathan chileno, el Estado que se niega a morir, que se alimenta de su propia carroña para renacer y rejuvenecerse como por arte de magia. Y los chilenos nos aferramos a esta dinámica como si nos fuera la vida en ello. Los mismos que hoy critican la muerte y decadencia de la Concertación saldrán por la calle gritando "el Rey ha muerto! Viva el Rey". Qué queda para los ciudadanos comunes y corrientes, como yo? Mejor digamos: Viva Chile. Y sigamos viviendo nuestras vidas.

Coffee culture

Why is coffee a symbol of a lifestyle, a way of communication and also a barometer of society? It seems that the way you drink or share a cup of coffee signals also what type of society you live in, how much freedom you have to voice your concerns and to dip yourself in a more interactive society. Coffee is these days the symbol of the sleek, sofisticated and liberal kind of person that shares his/her thoughts over a cup of smoking dark coffee. From New York to Paris, from Mexico to Sydney it is like a sacred ritual, of social politeness and of being knowledgeable of good urban manners.

In Italy is so omnipresent that it doesn't have to do with the attitude of the person (everybody drinks coffee here), but it is a way chaos and different personalities are expressed. Every person has its own favourite way of having a coffee. Variations are the quantity of water (less is a ristretto, more is called "americano", and considered unworthy of the name "coffee" for 99% of Italians), the presence or absence of milk (macchiato, caffelatte, etc.), the amount of coffee shots (doppio, etc.), and even the cup it is served in: tazza (cup), tazza grande (big cup), vetro (glass). Me, for example, I started off having a caffelatte (one shot of coffee with milk), and evolved into less milk with a simple macchiato. Italy is like that: all Italians do things differently from one another, and agree to be one single people talking and arguing about how the rest of the country is crazy by being different.

In Chile coffee is just an argument to bring people together, under the strangest circumstances. Coffee in Chile is absolutely awful. It doesn't taste well, and only until recently it was the most common thing to find instant coffee even in upmarket restaurants. So, it is not surprising that what is important about coffee is not coffee itself, but the surrounding scenario. Probably the most cultural thing about coffee in Chile is the "coffee with legs". I visited a couple of times these places, for the sake of curiosity (true). It is a mise - en - scene that it is quite outrageous, very close to bad taste. Especially because many people (men) go to have morning coffee. Once I was walking by one of these coffe with legs places and there was a girl at the door inviting passers-by to go in, saying "today we have painted bodies". We didn't go in, just in case.

The strangest thing for me is that even I think of coffee when I want to relax and have a break, even though sometimes if I am honest to myself, I don't really feel like having a cup of the black liquid. Maybe it has finally penetrated my own brain connections and convince me that there is so much more than just a fine-smelling drink, and that its cultural, sexy appeal is more than just an invention.

Monday, April 23, 2007

Roma al trote

Me he encontrado finalmente con la ciudad ideal para trotar. Roma realmente ofrece lo mejor en cuanto a paisajes, circuitos que son desafíos sin ser una tortura, etc. Tal vez debería decir antes que estoy entrenando nuevamente, lo que me hace sentir muy bien. Hay algo en la condición física que me pone de mejor humor, potencia mi capacidad física y me trae una sensación de estar más vivo, de sentir una corriente eléctrica que me empuja a hacer más cosas.

El sábado y domingo recién pasados tuve esa experiencia. El sábado hice mi trote rutinario, sali de mi casa y crucé por las Catacumbas de San Calixto. La colina donde están situadas está cubierta por un parque realmente bello, con caminos flanqueados por abetos y vegetación que es tan propia de Italia. Si bien es bastante corto (1,5 km) se pasa entre edificios antiguos, ruinas, prados (incluyendo rebaños de ovejas pastando) y también... muchos turistas. Luego cruzando la calle, y siempre en mi circuito de trote, se entra por un pequeño pasaje al parque de la Cafarella. Un estrecho pasaje de tierra húmeda rodeada de árboles y de extensiones de verde (con sus ovejas infaltables, que son casi una visión bíblica), con una naturaleza que hace olvidar que estoy a sólo 20 minutos de la urbe que por siglos fue la capital del mundo.

Si el trote se hace demasiado pesado, siempre hay tiempo para ver las ruinas arqueológicas. Las tumbas circulares y las ruinas abandonadas por los siglos dan un ambiente único al lugar, y me hace siempre querer volver. Al fondo del Parque se repite el paisaje bucólico, aunque esta vez con menos turistas y mucha más gente local que hace su paseo dominical en familia.

El domingo repetí la experiencia. Esta vez probé la ruta de la Via Appia Antica. Yo sabía que la cerraban los domingo, dedicándola exclusivamente a los peatones. Pero nunca había ido, y la verdad es que es un lugar increible. El último punto de circulación de vehículos es la Tumba de Cecilia Metella, una construcción circular que es en sí misma una maravilla, y que (siendo muy honesto) sería la atracción estrella de cualquier lugar en Chile. En Roma hay tanto que ver y conocer que es sólo una más. Una vez pasado el mausoleo, empieza la Via Appia. No digo el lugar donde una vez estuvo la Via Appia. Es LA Via Appia. La misma que usaron por cientos de años los romanos y los extranjeros que llegaban o salían de la capital imperial. Las mismas piedras irregulares a modo de adoquines, los mismos arbustos laterales, interrumpidos por túmulos funerarios de nobles que quisieron usar esta vía de acceso a la ciudad eterna para eternizar también la memoria de sus difuntos.

En este punto, el trote sigue bastante distraido por la conciencia de estar en un lugar que no ha cambiado casi nada en dos mil años. Además, la Vía Appia está en medio de un parque, por lo que el entorno es sobrecogedor por su silencio y porque el resultado de tanto esfuerzo de conservación es la sensación de retroceder miles de años en un segundo.

Así, es fácil entrenar. Me quedan varios meses para la Maratón de Firenze y creo que no me van a faltar lugares para trotar y maravillarme por la belleza de esta ciudad.

Friday, April 20, 2007

Mitología italiana

Luego de algunos meses en Roma, puedo decir que he alcanzado una cierta familiaridad con la forma como se vive en esta ciudad. Por supuesto hay muchas cosas que me quedan por conocer y aprender de este país increíble, pero los brochazos gruesos de la cotidianeidad italiana me parecen más reconocibles a medida de que yo también la empiezo a hacer mía.

Y como siempre ocurre, prejuicios (positivos y negativos) que se podrían haber tenido empiezan a confirmarse o a desmentirse. Italia despierta una serie de estas percepciones a priori. Quiero enumerar a continuación las falsas ideas preconcebidas que en general tienen las personas que no han vivido en Italia:

1. Se come bien, pero no es el paraíso culinario del que todos hablan. Es cierto, descubrir cosas como las alcachofas a la judía, los capelletti al brodo, las pastas al cacio e pepe, etc., son delicias que hay que disfrutar. Sin embargo, la cocina italiana es tan expansiva y los italianos la valoran tanto que no deja espacio para nada más. Yo echo de menos la comida hindú, la buena comida japonesa, para qué decir del pan, que aquí aún no lo hacen bien. Parte de esto puede ser una cosa de gustos, pero es cierto que a menos que se haga un esfuerzo consciente (y se gaste un poco más de plata), la cocina italiana se vuelve monótona rápidamente.

2. La gente no es particularmente bella. O será que el tipo físico masculino italiano es el llamativo? porque las mujeres me parecen normales, bellas en muchos casos pero apenas sobre el promedio en cuanto a la cantidad de lo que se ve en la calle.

3. En más de un caso, esto está lejos de ser primer mundo. Yo vengo de un país del tercer mundo. Por mucho que se hable de nuestro desarrollo económico, los chilenos sabemos de nuestras limitaciones y de lo difícil que es la vida para la mayor parte de nuestros compatriotas. Sin embargo, cosas que he visto aquí, como la atención en los hospitales, los trámites eternos que hay que hacer para todo, los servicios bancarios, son tremendamente deficientes, mucho más que en mi propio y querido país tercermundista.

4. Los automovilistas romanos no son más agresivos que los de cualquier otra ciudad. Al contrario, muy rara vez se toca la bocina, y los autos se abren paso en el tráfico entre una actitud decidida pero también respetuosa. Es cierto que las normas del tránsito son más un marco referencial que una norma respetada en todos los casos, pero en general prima un código de conducta no escrito y que hace que la ciudad se mueva sin bocinazos y con una baja agresividad, aunque lentamente.

5. Roma no es desordenada ni sucia. En la misma lógica de lo anterior, todo el mundo sabe el límite de lo tolerable. Estacionarse en segunda fila? está bien siempre y cuando haya espacio suficiente para que los autos sigan pasando por la calle. Las direcciones funcionan, los horarios de atención son risibles (clásico es el que dice: atendemos lunes, martes y jueves 9am-1pm, miércoles 2pm-4pm, viernes cerrado), pero funcionan. Alguien me dijo hace poco: Italia es como un elefante. Es grande y lento, pero camina. Hasta ahora le encuentro toda la razón.

Monday, February 05, 2007

Sono arrivato!

La espera terminó, y luego de un largo recorrido a través de cajas, embalajes, despedidas, arreglos y desarreglos, he llegado a Roma (la capital de Italia, para los que no lo saben). En todo este tiempo que no he escrito en este blog he hecho muchas cosas, se me han ocurrido muchísimos temas para escribir, tanto que podría pedir algunos días libres y dedicarme a tiempo completo para estampar en esta pizarra invisible las impresiones y percepciones de lo que pasa frente a mis ojos. Pero como no puedo, hago un resumen.

Llegué a Roma de noche. El vuelo me llevaba a través de Madrid, donde tuve que parar para hacer escala. La oportunidad propicia para conocer además las nuevas instalaciones del aeropuerto de Barajas, que es como una ciudad en sí misma. Me pregunto si esa arquitectura va a ser finalmente la que domine las ciudades del futuro, donde hay servicios, pasillos y todo a la mano. Bastaría con agregarle un sistema de habitación y tendríamos una ciudad de ciencia ficción.

Consecuentemente la llegada a Roma fue la antítesis de la ciencia ficción. En Roma se ve por todas partes las evidencias de un pasado glorioso, de una capital universal que en su apogeo y decadencia representó todo lo mejor y lo peor del ser humano. Sin embargo, luego de todo este devenir y vagabundear por los siglos y los estilos arquitectónicos, el resultado no es un traje de arlequín chabacano, sino una ciudad de evidente belleza, que impresiona a cada esquina. Cada cuadra es una postal. Lo antiguo es valorado porque es bello, y los italianos están muy conscientes de eso.

Mis primeras semanas en Roma las hice quedándome en una residencia en la Via di Ripetta, que es una de las calles que desemboca en la Piazza del Popolo, donde los gobernantes electos salen a saludar a las multitudes y donde la ciudad se encuentra a sí misma. Todos los días en la mañana caminé a la oficina. Treinta minutos de una caminata plagada de hitos historicos y turísticos. Salía de la ya mencionada via di Ripetta y caminaba por entre callejones de adoquines y paredes vetustas, hasta salir por la via del Babuino a la Villa Borghese, un parque lleno de museos y cosas que hacer, realmente hermoso.

Me pasa algo extraño con Roma. Me doy cuenta de que tal vez en todo el tiempo que esté aquí no voy a alcanzar a conocer todo lo que se puede ver y hacer en la ciudad. Y yo quería (y quiero) viajar por Italia, tratar de conocer la mayor cantidad de lugares y más allá, conocer Europa y visitar la mayor cantidad de países posibles. La vida realmente es demasiado corta para los que quieren conocer el mundo, aunque sea de vista. Por eso me parece tan interesante la vida de los viajeros, sobre todo los de esa época en que el mundo no se conocía por las noticias, ni por internet, ni por televisión. Porque todo es subjetivo, pero tiene precisamente ese valor, que es la visión de una persona, que se ve enfrentada a un país, un idioma y una cultura que le son mayoritariamente ajenas, y que tiene el interés por describirla.

Probablemente a eso me voy a dedicar con este blog durante los próximos cinco años, empezando por cosas tan agradables como la comida y el vino, tópicos de los que es necesario aprender en Italia. Pero como dije al comienzo, hay demasiados temas de los que me gustaría escribir. Lo dejo para la próxima.

Tuesday, January 16, 2007

Comuna ciudad

Estamos tan enajenados en Chile que no nos damos cuenta cómo sectores de la sociedad se van consolidando como ghetos? Chile siempre ha sido un país arribista, con intolerancia social y con ganas de ser otra cosa, aunque su naturaleza sudamericana se lo impida, muy a su pesar. No es que me guste escribir sobre estas cosas, ni quejarme de mi querido suelo. Pero es que hay momentos en que esto se hace intolerable y tengo que descargarme de alguna manera.
El momento de saturación me llegó hoy en la mañana, por una circunstancia casual y en apariencia inofensiva. Iba caminando por la calle cuando reparé en el lema de la Municipalidad de Las Condes: "comuna ciudad". Me quedé pensando. ¿Qué quieren decir con eso? ¿Significa acaso que la comuna es tan autosuficiente que en realidad por un tema de continuidad urbana no es una ciudad aparte? Tal vez apunta a que su poder económico es tan superior a la mayoría de las otras que en realidad no necesita de nadie más para desarrollarse. Es más bien al contrario, sus aportes al fondo municipal significa que está financiando a otras comunas, por lo que es un acreedor neto de otras unidades comunales.
Me puse a pensar en la realidad que encierra Las Condes. En otros países se ha dado que el alcalde de la capital tiene una exposición pública tan grande que es usado como trampolín para la Jefatura de Gobierno. Sólo en Chile se da el caso contrario: el alcalde de la comuna más rica del país, no obstante ser el jefe municipal de un número tremendamente marginal de chilenos, obtiene publicidad y atención nacional y es catapultado a candidato presidencial. Es más, pasa de ser alcalde de Las Condes a ser alcalde de Santiago, y su popularidad decrece en vez de subir. Chile es un país arribista. Es como si todos tuviéramos los ojos puestos en esta comuna que en algún momento surgió de entre chacras y caminos de tierra y cuya potencia económica permitió transformar en términos "in" a nombres propios indígenas: Apoquindo, Vitacura, Apumanque, o incluso Parque Arauco, que si lo despojamos de la connotación altoclasista que ha alcanzado luego de años en el imaginario de esta ciudad, de primeras oídas daría la impresión de ser una feria artesanal mapuche o en el mejor de los casos un "theme park" indígena.
Pero me estoy desviando. Las Condes nos ha ofrecido sólo en el último año una serie de ejemplos fantásticos para graficar la fuerza auto-enajenante de los más poderosos. Partimos por el caso de las prostitutas en el barrio El Golf, donde imperaba el intento de "me da lo mismo que haya o no prostitución, o en qué condiciones se ejerza, siempre y cuando no sea en esta comuna". Luego, con los aires de septiembre me enteré de una realidad que yo personalmente desconocía: los 19 de ese mes se realiza una parada militar privada para los vecinos de la comuna. Así es, tal como suena. Porque antes de volver del Parque O'Higgins, la soldada desfila frente a la municipalidad de Avenida Apoquindo, que instala graderías para que los bien nacidos residentes de esta municipalidad puedan ver pasar a sus protectores y garantes del orden (muy apreciado en este lugar) sin tener que caer en la bajeza de ir a compartir espacios con la chusma en la elipse donde históricamente se ha realizado esta tradición militar.
Y esto sigue. En diciembre, para la Teletón, el alcalde de Las Condes, un tal señor De la Maza, blandió su maza de líder secesionista para negarse a desplegar publicidad de las empresas que auspician a la teletón. Según él, Las Condes podía recaudar más fondos haciendo su propia campaña, con sus propias empresas. Aplastó a mazazos el interés solidario de más de algún lascondino y le negó el ingreso a su feudo precordillerano.
Luego de leer el lema, todo esto comenzó a hervir en mi cabeza como un puchero que poco a poco empezaba a convertirse en una sopa con personalidad propia, en una idea clara, más allá de los episodios anecdóticos que he mencionado. Recorrer Las Condes de hecho es una experiencia extraña. Se pasa de una realidad urbana más o menos homogénea, como es Providencia, Ñuñoa, La Reina, La Florida, etc., a una especie de set de cine: todo es distinto, todo es más grande y suntuoso, pretencioso, con ganas de arrancarse de su propio mundo y ser otra cosa. No voy a ahondar en el hecho de que todo huele a una mala copia. Es casi enternecedor la copia del edificio de la Chrysler, o bien el esfuerzo de asimilarse a Miami de la avenida Apoquindo.
Pero aquí hay de todo: universidades, centros comerciales, malls, hospitales, colegios para educar a sus hijos como debe ser, hasta curas dedicados a bendecir todos sus excesos y hacer quedar bien a Dios con el diablo.
Las Condes quiere ser distinto, y en su desesperado afán de alcanzar su independencia, despide un olor a esquizofrenia y a superficialidad que está bien ocultada por la limpieza de sus calles, por la variedad de su comercio. No quiere saber de Chile, pero sí goza de ser la comuna más mirada, como la niña bonita y arrogante que en el fondo desprecia a sus admiradores.
Y sigo caminando mientras pienso: Comuna Ciudad... se repetirá en el inconsciente de todos sus habitantes, hasta sonar igual que a mi "como una ciudad"?

Tuesday, December 26, 2006

Partir es vivir un poco

Ahora que estoy a punto de dar un cambio importante al irme de mi país Chile y establecerme en otro país, me empieza a invadir poco a poco la sensación de libertad propia de quienes buscan una renovación.

Hay que creer en los ciclos. Las cosas nacen, se desarrollan y van muriendo poco a poco. La vida es así. Me acuerdo de la bellísima película Princess Mononoke, en donde el Espíritu del Bosque está encarnado en un alce con rostro humano y mirada fija. Él encarna la vida, el poder de darla y de quitarla. No hay una sin la otra. Entonces, su presencia es tan grandiosa que a cada paso que da, el suelo bajo su huella da luz a pasto y flores, que en un segundo nacen, crecen y mueren. La vida de las cosas tiene en sí misma el sello de su muerte, y el del renacimiento bajo otra forma.

A riesgo de sonar hinduísta, nada de lo que muere se pierde. Si una etapa me marcó a fuego, puedo quemar todas mis naves con ese mismo poder que abrasa. Pero la memoria no deja de existir. Graba las inscripciones de lo vivido más allá de lo que uno quisiera tolerar. Los recuerdos se le suben a los hombros a uno como niños malcriados, como ropajes insostenibles. Y llega un momento en que toca renovarse, volver a tener el espacio para hacer otros recuerdos que lo pongan a uno de nuevo cara a cara con uno mismo.

A fines de enero parto a Italia, país que me va a acoger por algunos años. Para mi es una especie de viaje al pasado, considerando que en mi sangre hay rastros que huelen a esas tierras, aunque la mia sea otra, más meridional, más tímida, más pobre y orgullosa. La identidad de la sangre es algo que finalmente hay que aceptar como uno acepta los gestos y forma de caminar que no puede ocultar, que lo acompañan a uno a donde vaya, como mi propia sombra. Una presencia pasiva que no se cansa de gritarte en el espejo que hay deudas que no se pueden pagar, sino aceptando lo que uno es, huesos y alma.

Yo estoy contento de pensar que en mi vida he cruzado varios ríos Rubicón, y que me esperan otros más aún. Es más, creo que no podría vivir en esta piel si no los buscara activamente. Lo que a algunos es un signo de inseguridad, para mi es todo lo contrario. Quiero tener la seguridad de conocer más cosas, de poner a prueba mi capacidad para entender otro lugar, de ampliar las ventanas de mi comprensión. Borges decía que uno conoce otra gente y otros lugares, y que el valor que ello tiene consiste en que se transforman en espejos que reflejan la condición humana y que finalmente le permiten a uno conocerse mejor a sí mismo.

Quiero atesorar todo lo que soy, quiero recordar siempre que desde la roca de mi identidad miro serpentear los ríos que me esperan, las batallas que debo librar, los placeres que me aguardan agazapados como fieras dóciles. Y con esa fortaleza robarle al mundo otra tajada de sus misterios.

Navidad

Dentro de toda la alegría y buenos sentimientos que abundan en estas fechas, de vez en cuando se escucha el comentario de que hay algunos que en vez de alegrarse en estas fechas, tienden a deprimirse. Alguien podría pensar, cómo es esto posible, considerando que para la mayoría de los mortales la navidad es motivo de los sentimientos más nobles y alegres. Pues bien, en este blog me permito ofrecer una explicación personal del fenómeno, ya que yo soy también uno de esos que encuentra la Navidad deprimente.

Y para empezar, no sé si llamarlo depresión. Es una sensación más bien como de angustia, de sin razón. A medida que se acerca la última semana del año empieza una catarsis colectiva en la que todo el mundo comienza a comportarse de una forma determinada, repitiendo exactamente lo del año anterior, sin detenerse a pensar en los motivos que llevan a ello. Y lo que es más grave aún: sin pensar siquiera en si hay alguna alternativa al frenesí navideño.

Puede una persona con lazos familiares y de amistad más o menos normales, abstraerse de entrar en la espiral de regalos y saludos de navidad? La respuesta es evidentemente negativa, ya que la ausencia de los detalles mínimos de preocupación dadivosa por el otro es sinónimo de despreocupación y puede llevar al exilio social. Para aquellos como quien escribe, que gozan del contacto con otras personas, es un costo demasiado alto.

Entonces no hay alternativa. No hay más remedio que asumir la condición de ser social y comprar regalos, saludar a todos y participar del rito. Hasta ahora he logrado plantar una bandera de independencia en mi negativa a enviar tarjetas de navidad, que en las actuales circunstancias no es poco. La angustia causada por la inevitabilidad del rito social no buscado tiene al menos algunos bálsamos aliviadores.

Pero estamos en el frenesí. Y como las personas tienen la antiquísima costumbre de siempre justificar sus actos por un bien o una idea superior, en este caso la navidad se arropa con una serie de frases hechas que en la mañana del 26 de diciembre ya se han archivado para el año siguiente. "El verdadero sentido de la Navidad", "compartir con los seres queridos", "noche de paz y amor" son el leit motiv de estas fechas, y la gente y las empresas de publicidad, y las grandes multitiendas las repiten hasta el cansancio hasta finalmente convertirlas en una moneda gastada, que de tanto ser usada ya se ha borrado de su faz toda inscripción y contenido. Y en medio de este concierto extraño, la Iglesia Católica trata de pasar su discurso, aunque ya pocos la escuchen, como el dueño de casa que se ve sobrepasado por invitados revoltosos e incómodos.

Pero todo esto, que es en sí mismo un poco deprimente, no es la razón más importante para explicar por qué la Navidad me entristece.

Este año 2006 he estado pensando bastante en esto. Y la conclusión a la que he llegado es que con todos sus discursos más bien vacíos de contenido, las navidades tratan de forma superficial los sentimientos que uno tiene hacia otras personas. Y de paso trata de medirlo en la forma de saludos, regalos, etc. Y en este mundo, tal como está, siempre queda la sensación de nada es suficiente, porque los sentimientos son siempre mucho, pero mucho mayores y más complejos que lo que se puede expresar en un día y a través de un regalo (o muchos regalos). Al final es una bacanal de personas que al final de un año estresante tienen que volcarse a las calles a comprar regalos de una manera frenética, por puro compromiso social, ausente de toda su significación religiosa original. Todos chantajeados por un discurso de poca monta sobre la amistad y el amor. Como si un regalo caro pudiera hacernos sentir mejor para expresar un sentimiento. Nada de eso es suficiente. Es como tratar de hablar bajo el agua, como tomar sopa con un tenedor, como tapar el dedo con un sol, como (para ponerme más bíblico) vaciar el mar con un balde. Simplemente no es la forma de asumir todas las cosas que se supone la navidad "realmente significa".

Por eso, como alguien que se ve negativamente afectado por estas fechas fastas, quiero proponer algo que deje felices a todos. Eliminemos definitivamente y para siempre la navidad de los calendarios. Que el 25 de Diciembre pase a ser un día totalmente normal. A cambio de eso, propongo una mini-navidad todos los meses del año, digamos el primer domingo de cada mes. En esta nueva tradición, las personas se reúnen con sus familias y seres queridos y comparten tiempo juntos. Los regalos son totalmente opcionales. De hecho pueden comprarse regalos cuando quieran, sin importar la fecha. Y expresar sus sentimientos cuando quieran, sin recurrir a lugares comunes ni a tarjetas de navidad redactadas de forma industrial. Expresar lo que es específico a cada persona, sin cursilerías. Predicando con el ejemplo y no con conductas autómatas de sociedad cansada e incapaz de mirarse a si misma.

Sería demasiado bueno, tan bueno que hasta creo que ya me siento menos deprimido...

Friday, October 20, 2006

El que mucho abarca... no puede ser feliz!

Hace bastante tiempo que no escribo en el blog, y la verdad es que este silencio no ha sido fortuito. A veces es necesario darse un tiempo para no hacer nada y dedicarse a la contemplación, sin la angustia de sentir que se pierden los días que pasan.

Hace más o menos dos semanas atrás, tuve lo que un amigo mío llama una "epifanía", un momento de revelación. Era un viernes. Mi estado de ánimo era realmente bajo, y no sabía explicarme por qué. Yo pensaba que no había razones para estar tan decaído, pero tenía una tristeza que me apretaba el pecho y una desesperanza que me empujaba hacia oscuras percepciones de la realidad.

Entonces, en ese histórico viernes, me di cuenta de todo lo que me estaba pasando. Me puse a pensar en todas las cosas que estaba haciendo, que responden a una lista de cosas que me gustan y que por lo tanto, en teoría, contribuyen a mi felicidad. La lista de actividades, además del trabajo, era más o menos como sigue:

1. Entrenamiento para la media maratón de Viña.
2. Ensayo con el grupo de rock de los 70s los domingo
3. Estudio de alemán dos veces a la semana.
4. Estudio de guitarra clásica (más o menos todos los días).
5. Fútbol martes y sábados.
6. Organización de reuniones del grupo de lectura
7. Mantención de este nunca bien ponderado blog.

Iba a seguir, cuando me di cuenta de que (al menos para mi) la lista era inhumanamente larga! me di cuenta de repente que estaba haciendo un montón de cosas, y que quería hacer bien cada una de ellas. En efecto, son cosas que me encantan, todas por separado, pero comprendí que hacerlas todas a la vez es absurdo y, más aún, totalmente contraproducente para alguien que hace ya un tiempo decidió que la vida es demasiado corta para pasarlo mal.

Entonces, qué conclusión saqué? que tengo que descomprimirme en mi agenda de "cosas que me gustan", porque de mucho hacerlas, llegué a un estado en que el ánimo se me venía al suelo y ya no me podía levantar.

Pero qué podía hacer? para una persona que siente angustia al prender la televisión (por considerarlo una pérdida de tiempo), no es fácil abandonar proyectos como los enumerados. Sin embargo, traté de pensar cómo era yo antes, y recordé el placer de las tardes de ocio en mi juventud universitaria, después de las pruebas y exámenes, haciendo nada, vegetando frente a la televisión, cayendo en una modorra de colores planos, de paz y silencio, sin problemas que resolver, sin desafíos que encarar.

Así que eso fue lo que hice. Después de la pega, en vez de desesperarme por hacer todas las cosas que me correspondía, hice sólo lo que me daba gana. Y si no quería no hacía nada. Por eso, todos los proyectos de entradas a este blog aún duermen el sueño de los justos. Escribí algo sobre el 5 de octubre y lo importante que fue el plebiscito del 88 en mi vida, pero ahí está, a medio escribir. Tal vez lo publique más adelante. Pero por ahora me conformo con este momento de "desintoxicación", y sentirme contento de que cada mañana tengo más energías, me río más y vengo a trabajar con más ganas.

Nada vuelve a ser como fue, pero tal vez algún día recupere eso que una vez tuve, la inocencia y la capacidad lúdica del que todo lo espera. Como cuando con mis amigos de la universidad me juntaba y caíamos en discusiones eternas sobre nuestro tiempo, y nos prometíamos a nosotros mismos las glorias del mundo, pasando como en un mismo territorio desde lo académico a la poesía y a la conversación sin objetivo, a lo absurdo como expresión estética y feliz de un universo que aceptabamos por lo que era: caótico, sorprendente, hermoso. Cuando, en fin, entonábamos a voz en cuello los versos de Parra: "Viva la Cordillera de los Andes!, muera la Cordillera de la Costa!". Cuando no necesitaba listas de cosas para sentirme bien, cuando vivía sin pensar y todo, todo tenía sentido.

Tuesday, October 10, 2006

Faithless

Esto ocurrió hace algunos meses. Una tarde de fin de semana, fui a mi video club a buscar una película. Sin saber bien qué quería ver, tomé casi por descuido varias cajas, sin saber bien qué elegir. ¿Por qué finalmente me decidí por "Faithless" de Ingmar Bergmann? No sé. Realmente no se ajustaba a lo que cualquier ser humano quisiera ver un sábado en la tarde. La película prometía un guión tan denso como de buena calidad, y no me defraudó.
En la película, una relación matrimonial es abruptamente interrumpida por la infidelidad de la esposa con el mejor amigo de su marido. No es una infidelidad simplemente carnal a lo Hollywood. Es un reflejo de la búsqueda desesperada de la felicidad, que en el mundo amargo y desencantado de Bergmann es como un caminar ciego en la oscuridad.
Todo es contado como un libro, escrito por un solitario escritor que en sus postreros años se dedica a narrar esta historia, que es la historia de su vida. Los personajes entran en una vorágine de traiciones y de sentimientos cruzados, que los superan y crean un mundo de sufrimiento que es tan intenso como auto-creado. Huérfanos de referentes inmanentes y religiosos, se ven envueltos en una encrucijada de la que no son capaces de salir, sin caer en la más total autodestrucción. En un mundo sin el Dios prometido por la cultura protestante y su moral asociada, todo lo que queda es uno mismo. Y eso no es suficiente para salvar las contradicciones del alma humana, sus debilidades y fallas.
La película es magistral, y aunque me puede haber amargado un poco mi sábado ya lejano, es una historia terrible y magnífica sobre las debilidades humanas, sobre cómo algunos tienen escrito en la frente la soledad de los años, y cómo la búsqueda de la felicidad en un escenario donde los hombres y mujeres están abandonados a su suerte en un mundo desencantado, trae en sí mismo el gérmen de la miseria, la decadencia y la condena a una vida de recuerdos amargos y de oportunidades perdidas a manos de las propias debilidades.

Tuesday, October 03, 2006

Luces y sombras del presupuesto

Yo vi a Velasco. Se sacó la careta de efigie helénica e incluso dejó de lado esa sonrisa burlona que se pinta todas las mañanas para dar a conocer por fin lo que muchos queríamos saber: en qué vamos a gastar (o invertir) la plata del cobre.

Los días previos ya se había generado un debate, que una vez más desilusionó por lo pobre: o bien eran ideas aisladas y un poco excéntricas (partiendo por lo dicho por la Ministra de Defensa de dar créditos blandos a Haití) o bien se centraban simplemente en un tema de cuánto se va a gastar, como si la pregunta de en qué ya estuviera resuelta.

Aparentemente ya estaba resuelta. La cuenta de Velasco fue contundente y magnífica. Magnífica en el más profundo sentido de la palabra. Magnas cifras, magnos aumentos porcentuales, magnas palabras. Quiso dar una sensación de que arriba había gente que estaba muy segura de lo que estaban haciendo, y lo consiguió.

Primero parto por las luces. No podría estar más de acuerdo en lo obvio del presupuesto: el tremendo gasto social es lo que había que hacer. No hay muchos misterios en eso. Nadie podría dudar que en un país como Chile, donde la desigualdad en la distribución del ingreso es atroz, hay que tomar medidas urgentes para hacer un poco de justicia y no conformarse con reducir la pobreza, sino que hacer que el trabajo sea efectivamente fuente de bienestar y no sólo de subsistencia como es ahora.

Pero todo lo demás guatea. Y no es por ser negativo, pero el presupuesto está empapado del mal mayor del gobierno: la falta de una dirección, la ausencia de un "espíritu" que guíe las acciones del país, y que marque una ruta original, que refleje una visión del país que se quiere.

Las palabras de Velasco son interesantes: compara la situación actual con la época del despilfarro del salitre, a comienzos del siglo XX. En esa época, como dice el Ministro, se construyeron palacios, nos disfrazamos de algo que no éramos, y nuestra aristocracia de tonos menores se fue de shopping a París pensando que bastaba con oler a perfume francés para ser europeo. Todo en el momento más trágico de la cuestión social, con una miseria que era varias veces más terrible y profunda que la de ahora.

El Ministro dice que hoy, por fin, vemos la luz al final del túnel del subdesarrollo. Que depende de nosotros salir de este estado que ha sido nuestra condición histórica y convertirnos en país desarrollado, codeándonos con los grandes del sistema internacional. La diferencia con la época del salitre, entonces, no son los objetivos. Todavía queremos parecer europeos. Lo distinto es que hoy tenemos más plata aún y estamos dispuestos a invertir en serio para hacerlo.

Ser potencia agroalimentaria, exportar salmones y madera, ser potencia minera, son objetivos que ya están. Un gobierno debiera ser capaz de tomar lo que ya existe y darles un sentido de unidad, demostrar que están ahí para liderar una sociedad hacia un nuevo nivel de desarrollo en que no sólo valen las mediciones de ingreso per cápita y la capacidad de inversión.

Se gasta en lo social, y está muy bien. Se sabe construir casas, y cada vez mejor. Hay más y mejores hospitales, y está muy bien. Se invierte en educación, que es muy positivo y necesario. Pero el panorama empieza a oscurecer cuando llegamos a temas nuevos donde se requiere de una propuesta audaz, como la innovación, por ejemplo. Da la sensación de que el gobierno arroja recursos a un área que reconoce como importante, pero donde no sabe muy bien a dónde dirigir. Confiado de que aumentando la asignación de fondos a CONICYT se produzca más y mejor ciencia, como por arte de magia.

Donde está en este presupuesto el compromiso y la deuda social de Chile con sus poblaciones indígenas? Dónde están los planes de innovación energética? dónde está el medio ambiente, que es central para el desarrollo del país? que tipo de sociedad quiere el gobierno para el país? No basta con decir "queremos una sociedad más justa, más solidaria, más democrática, más participativa". Eso es poesía. Cuál es la estrategia del gobierno para desarrollar a Chile?

Al final de la cuenta de Velasco queda la sensación de que el gobierno sabe sumar y restar, pero que no tiene imaginación. Que ha tenido una suerte envidiable al encontrarse con una bonanza del precio del cobre nunca antes vista, pero que no ha sido capaz de pensar en grande y lanzar un gran proyecto país equivalente. Mucha plata, gastada de forma conservadora, sobre la base de pocas ideas.

Por eso, al final de su discurso soy yo el que esbozo una sonrisa irónica cuando el Ministro dice: "no sólo vamos a gastar más, vamos a gastar bien". Confiemos en la buena fe y en la suerte del Ministro.

Tuesday, September 12, 2006

Historias de taxi

Hace un par de meses tomé un taxi a la salida de mi trabajo. Como siempre, hice parar a uno al azar. Me subí, y le indiqué al conductor a dónde iba. Un tipo bastante joven, que para escucharme tuvo la delicadeza de bajar el volumen al reggaeton que hacía zumbar su equipo de amplificación.

Por suerte lo dejó bajo. Suficiente para sostener una conversación. Pero yo no veía qué podíamos tener en común él y yo, un tipo mucho más joven que yo, taxista, amante de los ritmos tropicales. No se me ocurría qué tema podíamos abordar. Con gran naturalidad y espontaneidad, despejó mi duda. Luego de un par de cuadras, levantó los ojos y por el espejo retrovisor me preguntó:

"Le gustan los perros?"

Sin saber bien a dónde se dirigía la pregunta, le respondí que sí, que había tenido un par de perros cuando niño y que en general tenía cierta afinidad con los canes, a pesar de que en mi vida adulta había desarrollado mucha más cercanía con los felinos.

Sin prestar atención a mis introspectivos comentarios, el taxista abrió la guantera y sacó un papel y sin dejar de mirar el camino, me lo pasó por entre los asientos delanteros.

"Éste es mi campeón", me dijo. "Me llamaron para que lo cruzara. Me ofrecían 50 lucas por cruzarlo con una perrita". Vi los ojos del taxista cuando los levantó para mirarme de nuevo por el espejo. Tenían una mezcla de soberbia juvenil y felicidad de encontrar a alguien que escuchara sus historias. "Yo le dije que nunca menos de 100 mil. Este perro es fuera de serie".
El papel era una mala fotocopia, donde aparecía en gloria y majestad el perro en cuestión, irradiando esa vitalidad inocente y nerviosa propia de los perros jóvenes.

Yo sabía que si abría la boca y seguía la conversación, no habría forma de parar el entusiasmo de mi conductor. Con un poco de temor, y consciente de que en cualquier caso la carrera no era tan larga, le pregunté por la raza de su perro.

"Es un pitbull", dijo con orgullo. "Pero es una variedad, más flaco, más liviano, aunque súper musculoso. El perro vuela".
Quizá quiso decir que el perro corre rápido, pensé. Con tan poco peso y con una buena musculatura, probablemente sería un campeón en las pistas de un canódromo, aunque admito que no sé si existe algo así en Chile. Me lo imaginaba recibiendo apuestas por el perro, una especie de mafia que funciona sólo un día de la semana, y que lo del taxi lo hace para matar el tiempo entre carrera y carrera. Quizás eran todas fantasías mías. Igual ya me había picado la curiosidad.
"¿Cómo es eso que vuela?". Pregunté en un semáforo rojo.
Tal vez lo descoloqué con la pregunta, porque se tomó algunos segundos para examinarme de nuevo. Quedó como pensando si valía la pena contarme a mi, su pasajero anónimo, sobre las proezas de su mascota. Su celular lo sacó del ensimismamiento. Los acordes polifónicos de la cumbia "Haciendo el amor - toda la noche" repicaron penetrantes desde el aparato.
Por lo que pude entender de la conversación (de cuya audición no hubiera podido sustraerme aunque hubiese querido), finalmente le ofrecían 100 mil por la cruza. Colgó con una sonrisa de satisfacción.
"Ve? Si este perro es un campeón", repitió. Y ya decidido a compartir su alegría conmigo, me dijo, mientras aceleraba frente a la Estación Mapocho: "este yo creo que va a romper todos los records".
"De velocidad?"
Su sonrisa se hizo aún más amplia.
"No, de salto alto".
No sabía si reirme o no. Era broma, o estaba hablando en serio?
Como ya íbamos pasando frente al Parque Forestal, me dijo: "ve esos árboles? el domingo pasado lo trajimos aquí con un amigo mío y lo hicimos saltar por sobre una cuerda que atamos entre esos dos árboles. Al principio partimos en un metro, luego fuimos subiendo y cuando ya íbamos en cuatro metros y medio, no lo podíamos creer!".
"Es realmente increíble!" repliqué, ya con cierto interés, aunque para mis adentros me parecía que era como esas cosas que aunque extraordinarias, no tienen absolutamente ningún sentido.
"Y espérese no más", continuó. "El próximo domingo lo vamos a llevar al torneo, lo estamos entrenando y esperamos que salte por sobre los cinco metros y medio!".
Estiró de nuevo el brazo hacia la guantera y sacó un segundo papel, esta vez un poco mejor producido, aunque aún no fuera más que una fotocopia artesanal. Era el volante del concurso al que presentaría al campeón.
Ya estaba cerca del lugar donde tenía que bajarme. Para mi sorpresa, antes de darme la copia del volante, tomó un lápiz, mientras yo sacaba la plata para pagar la carrera, y anotó sus datos, número de celular, y su nombre. Me dejó invitado al evento, y me dijo que es importante que vaya gente, porque así se sabe más del negocio y además es un espectáculo increíble, en sus propias palabras.
Me bajé del taxi agradeciéndole la invitación. Y mientras caminaba a hacer los trámites que tenía programados, pensaba en la posibilidad de ir, de pura curiosidad. Ganaría la prueba? tal vez el perro terminaría amurrándose y se negaría a mover ni uno sólo de sus elegantes músculos de los que su dueño estaba tan orgulloso. Tal vez, por el contrario, se llevaría todos los honores y los premios, y sería el inicio de un gran negocio de cría de perros campeones, tal vez mi taxista estaba a punto de convertirse en un exitoso empresario de un campo tan extraño como los perros saltadores.
Pero más que eso, me quedó una sensación de extraña alegría. Me di cuenta de que las ciudades tienen esto, y lo ofrecen a gritos: la infinidad de realidades tan distintas que comparten un mismo espacio de calles y edificios. Que a veces uno está tan perdido en las rutinas y en las caras conocidas que olvida que el mundo es un lugar enorme, lleno de historias, y que a veces la suerte abre una ventana y le permite a uno conocer, aunque sea en diez minutos, los sueños y preocupaciones de otros, que a mi me pueden parecer extraños, pero que para el otro es el pan de cada día. En medio de mis cavilaciones, caminando de vuelta a mi oficina, me dejé llevar por la idea de que para muchas personas estas cosas son las que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre la felicidad y la vergüenza, entre el reconocimiento y la condena de un conductor de taxi a la perpetuidad de su anonimato urbano. Aunque todo penda de un encuentro fortuito, de un perro, una cuerda y un vuelo mortal hacia un mundo en que todo puede suceder.

Friday, September 08, 2006

De nuevo la pastillita?

Un amigo mio me comentaba sobre las irregularidades que se producen en los procesos de adopción internacional. Según él, hay instituciones, generalmente vinculadas a la iglesia católica, que cobran cifras altísimas por el trámite, y que se enriquecen a costa de la ilusión de las parejas que no pueden concebir, y a costa de la felicidad y seguridad de los niños. Mi amigo llevaba el argumento a un extremo, diciendo que, dado que la existencia de niños abandonados alimenta el lucrativo negocio de las adopciones internacionales, sus posturas en contra del aborto y de los métodos anticonceptivos tendrían una motivación económica más que moral.

Probablemente esto es un poco exagerado, tiendo a desconfiar de las tesis tan rebuzcadas o donde hay una conspiración masiva y espectacular. Todo el discurso de los curas en contra del aborto sólo para cobrar más por las adopciones? es un poco inverosímil para mi gusto.

Sin embargo, debo reconocer que me hizo pensar en esa vieja linea de razonamiento en que uno se preguntaba qué lugar le cabría a la iglesia católica en un mundo sin pobreza, sin enfermedades, sin ignorancia. Tendrían la misma utilidad los curas en la población, cuando ésta sea educada y próspera? cuando ya no haya niños abandonados, cuando los viejos tengan un trato digno, cuando se acabe la pobreza y la marginalidad?

Tal vez sirva un par de ejemplos de países desarrollados que en buena parte han superado estos problemas: pienso en Nueva Zelandia, donde desde un comienzo la naturaleza exuberante y la mentalidad trabajadora de los colonos les imprimió una vida esforzada de trabajo y sacrificios, pero no de hambre o marginalidad. Una sociedad abierta, donde hay libertad de pensamiento y donde no hay pobreza o indigencia, y que tiene una bajísima presencia de las iglesias como actores relevantes de la vida nacional. En un país así asisten a misa sólo aquellos que por opción personal, buscan los ritos y cultos, de rezos y ostias. Los curas se limitan a dar su opinión sobre temas morales dentro de las iglesias. Sus opiniones no pasan la puerta del templo.
Y en Chile? La iglesia por un mandato que le da el peso de la noche, levanta su voz en múltiples debates, donde lo que importa es la voluntad popular por una parte, pero también el bienestar material de la población, sin más miramientos que los principios de igualdad, justicia social y democracia. Para emplear un lenguaje bíblico, se sienta a la mesa de una casa donde no ha sido invitada.
El tema de la píldora del día después me despierta todas mis aprehensiones anticlericales, donde con tal de salvar el principio teológico de que la vida y la concepción no deben ser obstruidas por obra humana, se impide que las jóvenes del país tengan acceso a soluciones efectivas (o que al menos ayudan) a problemas tan graves como el embarazo adolescente y los niños no deseados.
Es de todos sabido que este problema es muchísimo más grave entre los segmentos más pobres de la población. Aquí el hacinamiento, la falta de privacidad y las condiciones de vida más precarias contribuyen a un inicio temprano de la actividad sexual. Y por supuesto, como la introducción de métodos de control como el preservativo está aún lejos de tener un uso masivo, los embarazos de menores de edad es pan de todos los días.
Ciertamente esta es la mejor receta para perpetuar la pobreza y la marginalidad. Los hijos nacidos en hogares de bajos ingresos probablemente tendrán una infancia triste, con una escolaridad siempre escasa, de mala calidad y siempre en peligro de terminar incompleta. Esto sin mencionar la alimentación insuficiente y las penurias propias de la escasez de medios.
Una feligresía pobre e ignorante es el mercado perfecto para la iglesia católica. Con menos educación tienen menos capacidad crítica y menos tiempo para cuestionar sus preceptos dogmáticos. Una población apremiada por las injusticias de la sociedad es mucho más propensa a apoyarse en una institución que le promete una vida mejor después, en el más allá. Que el sufrimiento en este mundo será compensado por la gloria de vivir en el cielo. Que Dios sabe mejor que nadie que somos buenos y que tenemos que poner la otra mejilla, sin importar de dónde venga la bofetada, o si ésta es merecida o no.
Mi amigo hubiera dicho que la oposición a la pastilla del día después se explica en el fondo por el interés de la iglesia católica de perpetuar la marginalidad, de asegurarse una feligresía tan ignorante y pobre como fiel y sumisa.
Yo no estoy de acuerdo. Es cierto que las opiniones que hemos escuchado estos días de parte de la jerarquía eclesiástica son como siempre un lastre en el desarrollo social de Chile. Yo no creo, sin embargo en una teoría del complot. Simplemente creo que en pos de defender el dogma, de proteger el discurso papal y de conservar su poder social, todas las consecuencias de sus palabras, es decir, más pobreza, más ignorancia, más marginalidad, simplemente, NO LES IMPORTA.
Bienaventurados los pobres de espíritu? los que tienen hambre y sed de justicia?....